jueves, 18 de febrero de 2010

MEMORIAS PUNK 2: FESTIVAL DEL (MAL) HUMOR

La semana pasada os dejé a medias con el tema del festival. El momento en que corté el grifo fué cuando mi colega Kurianet y yo estábamos emborrachándonos con el calimocho del Karles para cojer fuerzas e ir ver a los mossos de esquadra para denunciar a la organización del festival.

Cuando se acabaron las garrafas entramos en acción. Puede que fueran ya las cuatro de la madrugada, pero la justicia no descansa, así que nos pusimos a ello. Le comunicamos a Sònia nuestro plan maestro, pero ella, que siempre ha sido la más sensata de cualquier grupo de amigos en el que haya estado nos dijo que estábamos pirados y que nos las apanáramos, que ella no pensaba ir al cuartelillo por liarla con la poli en un festival. Lo comprendimos y decidimos seguir solos con nuestra cruzada mientras ella seguía dando por saco al bielorruso de los huevos.

Las fuesrzas del orden tenían una especie de campamento a la otra punta del recinto. Allí estaban los médicos, los de protección civil, la guardia urbana y los mossos, así que nos adentramos en territorio enemigo para defender nuestros derechos (y puede que nuestros izquierdos) ante la ley (in)competente.

Nos fuimos a la jaima que tenían habilitada los mossos y, debo decir que desde ese momento todo está bastante difuso. Recuerdo contarles a los mossos que habían allí nuestro problema: que no dejaban entrar pinchos y luego los vendían en el recinto, que nos habían quitado los imperdibles, que no tenían hoja de reclamaciones... Nos hicieron más caso del que podíamos esperar, así que los convencimos de que nos acompañaran a hablar con los responsables de todos los males que asolaban ese lugar. Accedieron a enviar con nosotros a una agente sorprendentemente buenorra de paisano (no les estaba permitido entrar con los uniformes de faenar) y su compañero del que no recuerdo nada y fuimos a ver a los de las oficinas. Allí les explicaron a los agentes que no tenían hojas de reclamaciones ni nada y que ya les habíamos tocado los cojones lo suficiente como para volver a empezar con todo el proceso, los agentes, que eran muy majetes y por algún motivo les habíamos caído simpáticos (cuando necesito algo de un poli me limito a no escupirle ni quemarle la gorra) nos siguieron el rollo, y como al parecer no hay ninguna ley que obligue a tener hojas de reclamaciones decidimos ir a la fuente de los problemas, los gorilas del este de la puerta.

Por el camino pasamos por delante de nuestros colegas de protección civil que les dijeron a los mossos lo que habíamos comentado (omitiendo, obviamente, la parte en la que fumábamos y bebíamos como cosacos) y después de un rato de amigable conversación nos dirigimos a la puerta.

No sé que cojones les dijeron los mossos a los seguratas, ni sé lo que contestaron esos tarros gigantes llenos de testosterona, pero la conversación estaba bastante caldeada, supongo que fué algo así como "¿No os parece una gilipollez?", "Sólo hacemos el trabajo que nos mandan", "Pues iros a tomar por culo", "Iros a tomar por culo vosotros, hijos de puta", o algo por el estilo. La cuestión es que no nos devolvieron una mierda, los mossos se discuplaron por su incompetencia y volvieron a su gueto y nosotros nos fuimos a las tiendas de campaña.

El asunto de los imperdibles estaba cerrado, pero aún hubo cuatro temas más de los que os voy a hablar:

Cuando llegué a la tienda (ya me había reunido con Sònia hacía un rato y habíamos dado un par de vueltas por ahí), que debían ser las seis o las siete de la mañana, el grupúsculo de gente que se había instalada a nuestro alrededor estaba totalmente drogada y tirada por el suelo, eso me la sudó bastante, pero Sònia se fijó en que uno de ellos tenía la cabeza dentro de nuestra tienda (que realmente era de mi colega David y su señora Inma) y se retorcía por el suelo. "¡Que pota, Ximi!", oí de repente, y os juro que no sé que cojones me pasó, que no me ha vuelto a pasar jamás, pero me dió un ataque de superfuerza y supervelocidad tal que le pegué una patada con las botas militares en el vientre que lo estampé contra su tienda (que estaba a tres o cuatro metros de la nuestra), jodiéndola y dejándolo hecho mierda, vomitándose encima y riendo como una hiena, ante la mirada atónita de todo el mndo. Estoy orgulloso de esa patada.

A todo esto, dos de nuestros colegas de entonces, estaban hasta los cojones de los borrachos del gryupo nos pidieron a Sònia y a mí si podían dormir con nosotros (nuestra tienda era para cuatro y nosotros sólo dos) y les dijimos que sí, aunque a regañadientes. La cuestión es que estos dos, que no se habían mirado en su puta vida y que son los dos más feos que Stephen Hawkins sorprendido decidieron mantener... ejem... relaciones en la tienda, con Sònia y conmigo finjiendo que dormíamos presntes en cuerpo y alma... Traumático.

Al día siguiente tuve otro ataque de ira homicida al ver que la empenada gallega que tenía reservada para comer ese día había desaparecido de mi tienda. Lié la de San Quintín y supe quién lo había hecho aunque no tenía pruebas y no pude decir nada. Fué el mismo que le robó un cartón de tabaco a Karles y había rondado por todas nuetras tiendas. Un integrante del grupo de colegas que íbamos al que no volví a dirigirme de forma amable y con el que tuvimos más que palabras en una ocasión (ya os lo contaré, que es muy largo y ya he rebasado mi límite hace rato). Un tipejo que va del tío más comunista y rojo del mundo que se dedica a saquear lo de los demás. Que le den por culo.

El último dato sobre el festival es que acudí al peor concierto que he visto en mi puta vida. Enrique Búnbury presentaba su disco "Freakshow" y daba un concierto a eso de las once de la noche (si no recuerdo mal) y decidimos ir a verle porque el cartel era un asco, y era o eso o Els Pets, y por ahí no paso. Pues al final acabamos viendo el de los gilipollas esos porque el seños cantante de los huevos salió tan hecho mierda que no fué capaz de pronunciar ni una sóla palabra y se fué tan como vino: de farlopa hasta las cejas. Asco de gente, por dios...

Y bueno, ésta es la historia más o menos resumida del Senglar Rock 2005 en tres posts. Una buena historia (creo yo) para dar por inaugurada esta sección de anécdotas de mi vida como antisistema sintomático y que me sirve para alimentar mi ego, que está perdiendo peso y eso no puede ser.

Nos vemos mañana con más mierdas, hasta entonces, que os follen.

2 comentarios:

PrrrK_03 dijo...

Ay, los festivales... Son una fuente tan valiosa de anécdotas sin fin, independientemente de si fue bueno o malo.

¿Debería animarme a contar mis experiencias...?

Álex Esteve dijo...

"Cuando llegué a la tienda (ya me había reunido con Sònia hacía un rato y habíamos dado un par de vueltas por ahí), que debían ser las seis o las siete de la mañana, el grupúsculo de gente que se había instalada a nuestro alrededor estaba totalmente drogada y tirada por el suelo, eso me la sudó bastante, pero Sònia se fijó en que uno de ellos tenía la cabeza dentro de nuestra tienda (que realmente era de mi colega David y su señora Inma) y se retorcía por el suelo. "¡Que pota, Ximi!", oí de repente, y os juro que no sé que cojones me pasó, que no me ha vuelto a pasar jamás, pero me dió un ataque de superfuerza y supervelocidad tal que le pegué una patada con las botas militares en el vientre que lo estampé contra su tienda (que estaba a tres o cuatro metros de la nuestra), jodiéndola y dejándolo hecho mierda, vomitándose encima y riendo como una hiena, ante la mirada atónita de todo el mndo. Estoy orgulloso de esa patada."

Me he reido como un capullo con eso xD

Por cierto, ¿soy el único que cree que el escudo que lleban los mossos es un puto parche de mierda? De esos qeu te pegaba tu madre en los pantalones del chandal porque los habias agujereao'