viernes, 17 de septiembre de 2010

EL SEÑOR TUNGUS

Este mundo, frikis juntaojetes, está lleno de gilipollas, retrasados, imbéciles y subnormales, eso lo sabemos todo, pero de vez en cuando, muy, muy, muy de vez en cuando, aparece uno que bate todos los records. Dejadme contaros una historia...
Cuenta la leyenda que hace más de un millón de años, en unas tierras muy lejanas y llenas de seres bellos, temibles y legendarios, nació en un humilde barrizal el señor Tungus. El señor Tungus era una criatura muy extraña, mitad trasgo y mitad troll (sobretodo troll) tenía una apariencia semejante a la de un fauno, aunque no sabía tocar la flauta ni era amable, tampoco era nada agradable.

El señor Tungus tenía un compañero de aventuras, un monstruo de limo llamado Fralein que lo seguía a todas partes desde el principio de los tiempos y le obedecía ciegamente (aunque no estaba bajo ningún hechizo, lo hacía por voluntad propia) y lo seguía a todas partes.

El señor Tungus era muy serio. Por lo general, la gente suele ser alegre y chistosa y lo camufla bajo una máscara de seriedad para no llamar la atención. En caso del señor Tungus era justo al revés: era un ser triste y malhumorado, extremadamente susceptible. Envidioso y rencoroso, lo camuflaba todo bajo una capa de buen humor que no llegaba a camuflar nada.

Sus primeros años en la ciénaga de Héuror pasaron si pena ni gloria y pasó bastante desapercibido, aunque intentaba por todos los medios de llamar la atención de Kalror, el poderoso mago oriental que dominaba esas tierras con la ayuda de sus secuaces: Wáyolor (un gólem de pelo), Karm (mago cabecilla de pelotón), Návier (el inútil lacayo zombi sin cerebro) Manron (un horrible ogro de la ciénaga) y muchos otros secuaces junto a los cuales Kalror gobernaba con puño de hierro todos los pantanos hasta dónde alcanzaba la vista; pronto, el señor Tungus llamó la atención de Kalror, aunque no fue por sus virtudes, sino más bien lo contrario, pues tardo muy poco en convertirlo en su bufón personal.

Pasaron los años y el señor Tungus estaba convencido de que quería ser un caballero, algo que le podía resultar imposible porque sus piernas parecían las de una cabra (y no muy sana) y además tenía una extraña predisposición a causar accidentes, así que ni Kalror se fiaba ni el resto de militares querían que ingresase en sus fila.

El señor Tungus ya llevaba tiempo como bufón en la corte del poderoso mago, había conseguido que esclavizaran también a su amigo Fralein, que no quería participar en todo esto pero que se vio arrastrado por las circunstancias. El señor Tungus ganó fama como guerrero en el pequeño torneo que se montaba entre el servicio del Kalror, pero no era suficiente para él, él tenía que demostrar que era mejor que cualquier otro caballero a cualquier precio, así que cada vez que salía un soldado por la puerta, el señor Tungus arremetía contra él.

Poco a poco se le fue creando una mala fama muy perjudicial y el señor Tungus se sentía deprimido. Estaba tan deshecho y tan triste por no ser un guerrero del ejército de Kalror, así que creyó que la mejor forma de sentirse mejor sería venciendo a algún cretino en justo duelo, así que buscó a alguien dispuesto a batirse con él.

No le resultó fácil, ya que la gente conocía su reputación y no querían mezclarse con él y perder el tiempo con sus tonterías, pero buscando y buscando encontró a Xíminor, un monje asceta, humilde y sabio que se cansó de la actitud desafiante del engendro, así que aceptó el duelo y empezó el combate:

Tras arremeter con poca fuerza, el señor Tungus se vio superado enseguida por las habilidades de Xíminor, así que perdió pronto. Enseguida se acercaron campesinos como Prrráker, Sònigar o Bórrican para mofarse de su derrota y dejarlo en ridículo, incluso su inseparable Fralein se acerco para ver el espectáculo y no le tendió la mano para ayudar.

El ego del señor Tungus estaba roto, su vida era un infierno, nadie lo soportaba pero aún así se quedó. No obstante no se retractó de su actitud y siguió igual que siempre. Aún tras haber perdido la batalla siguió creyendo que era el mejor guerrero y lo demostraría a toda costa, aunque esto significase destruir todo aquello que le rodeaba.

Algunos años después el señor Tungus murió solo y triste. Nadie lo celebró, pero tampoco se entristecieron los que otrora fueron sus amigos. La historia sirvió para dar ejemplo a las generaciones venideras y advertirles del peligro de la vanidad y los delirios de grandeza.

Esta historia tiene dos moralejas:

"Se es quién se es, y aunque hagas que los demás sean menos, tú seguirás siendo el mismo" y "No te metas con Xíminor si no quieres encontrar un báculo XXL alojado en tu esfínter".

FIN

3 comentarios:

PrrrK_03 dijo...

¿Estamos hablando de cierto gotiquillo?

Ximi dijo...

Que va, esto es sólo una historia que me he inventado...

Lomlucagua dijo...

como reparte el Ximinor ese...