jueves, 7 de junio de 2012

Somos la última resistencia

“La obediencia simula subordinación, lo mismo que el miedo a la policía simula honradez”
George Bernard Shaw




Obedecer. A esto se reduce todo. Obediencia. Sumisión. Orden. Ley. Violencia. Fascismo. Ayer pude comprobar en mis propias carnes un atentado contra los derechos humanos de mano de aquellos que han jurado preservarlos ante una bandera. Ayer fui golpeado, insultado denigrado y rebajado a poco menos que escoria por el brazo ejecutor de aquellos que se proclaman como representantes del pueblo, por aquellos que abrazan la ley con tanto ímpetu que resulta imposible distinguir si intentan amarla o ahogarla. La misma ley que han impuesto, la misma que se niegan a respetar.

Mientras se absuelve a banqueros, corruptos y estafadores, nuestro estado se dedica a detener a las pocas personas que luchan por sacarnos del círculo vicioso en el que se ha convertido nuestro devenir diario. Mientras los políticos mienten con el objetivo de recaudar votos para controlar un sistema incontrolable, mientras engañan a la población con promesas que saben que jamás van a cumplir o respetar, mientras crean un estado de alarma constante alrededor de pantallas de humo irrelevantes, detienen a estudiantes que no hacen más que defender una educación pública de calidad y accesible para todos.

Mientras la sociedad, programada a conciencia por los titiriteros que cortan el bacalao, se preocupa de si se va a silbar o no en la final de un torneo patrocinado por un rey al que nadie ha votado, los mineros asturianos en lucha viven el vacío mediático y el acoso de una policía fascista y represora.

Ayer la policía me pegó. Ayer la policía pegó a todos y cada uno de los que permanecíamos concentrados ante la comisaría de los Mossos d’Esquadra de Lleida reclamando libertad para nuestros compañeros detenidos a causa de las protestas durante la huelga estudiantil del 22 de mayo. Ayer pude ser testigo de la abolición de los derechos más fundamentales. Ayer pude comprender que la legalidad sólo se aplica a aquellos que quieren y reclaman un cambio social.

Ayer, policías sin identificar disolvieron una concentración pacífica a golpes de porra, bota y puño, agrediendo física y verbalmente a los asistentes.  Ayer la policía nos llamó “guarras”, “putas”, “zorras”, y van a quedar impunes, como siempre.

Cuando veo una película de ciencia ficción ambientada en algún tipo de futuro distópico, mi parte favorita es cuando el o la protagonista se encuentra con la resistencia al poder. La frase de presentación suele ser algo así como “Somos la última resistencia”. Así es como me siento. Miro hacia atrás y veo que no hay nadie. Miro hacia adelante y compruebo que tampoco hay nadie. Sólo cuando miro hacia los lados puedo comprobar que están mis compañeros, dispuestos a darlo todo por la lucha, una lucha que carece de colores y que trasciende ideologías, consignas y manuales políticos. Somos la última resistencia, y por eso debemos apoyarnos. Debemos crecer. Debemos obviar nuestras diferencias y luchar conjuntamente para derrocar al monstruo que se ha aposentado en todos y cada uno de los sillones de la junta directiva que maneja el mundo a voluntad: el capital.

Estamos siendo testigos de la abolición de nuestros derechos individuales y colectivos, somos víctimas de una represión salvaje que no sólo no nos deja progresar como sociedad libre, además nos hace retroceder a episodios muy oscuros de nuestra historia. Más, si cabe, que los que nos ha tocado vivir hoy.

Este escrito no es más que una reflexión en voz alta de alguien que hoy no está indignado, está rabioso ante la vulneración constante de nuestros derechos, ante la opresión del poder sobre las víctimas de sus abusos, ante la violencia estructural a la que estamos sometidos todos y cada uno de los individuos que formamos parte, voluntaria o involuntariamente, de esta mal llamada sociedad moderna.

Ha llegado el momento de despertar, el momento de ver que la democracia que nos han impuesto no es tal, que es una nueva forma de nombrar a la dictadura fascista que perdura aún a día de hoy, que se trata de una estrategia magistral de marketing y que formamos parte de un plan de empresa global en el que priman los beneficios y la mano de obra es, una vez más, explotada y torturada en beneficio de aquellos que se hacen llamar garantes de la libertad y líderes electos del pueblo que, en su mayoría, no los ha votado.

Luchar siempre merece la pena.

2 comentarios:

Abraham Lleida dijo...

Buen articulo tio, me ha gustado. Lastima que estas cosas no llegan más allá de la gente que ya sabe todo esto de lo que hablamos...
Aun así; se ha de luchar por los demás, aun cuando ellos mismos no se dan cuenta de que se lucha por ellos también.

Un saludo y ya encontraremos alguna manera de aprovechar la rabia de algún modo mas productivo.

Alvaro dijo...

Interesante lo que dices de la democracia. Cualquier buen profesor te dirá qué es en realidad la democracia y qué efecto tiene en los ciudadanos: el control que se ejerce en las democracias actuales llega a un punto en el que los ciudadanos dejan todo en manos del Estado, se despreocupan, total "el Estado se hace cargo". Lo verdaderamente malo es que nos olvidamos hasta de preservar lo preservable y luchar por lo que hay que luchar. Creo que fue José Antonio Marina quien dijo, más o menos, que los derechos no se obtienen de forma definitiva, sino que es una lucha permanente por conservarlos, porque siempre habrá alguien dispuesto a desconocértelos. No sólo las transnacionales ejercen poderes de dominación sobre las masas, el Estado también, es un poderoso agente de dominación, por medio del uso legal de la fuerza y del poder simbólico (símbolos nacionales: respetarlos a muerte porque representan al Estado y el Estado somos todos (¿?))
Los medios también en algunos casos contribuyen para que a estos hechos los ciudadanos los vean como "más de lo mismo" en lugar de lo que realmente son: "lucha de ciudadanos exigiendo que se los trate con dignidad".
Policías sin identificación a la vista, lamentable. Aquí en Argentina hacen lo mismo.